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En muchas ocasiones, niños que están en el espectro del autismo -y que son tranquilos y relajados- cuando llegan a la adolescencia cambian, y a veces de forma inesperada, es fácil que se desaten situaciones de violencia familiar, y aunque no hay una regla estándar, hagamos un recorrido imaginario por una historia para entender mejor estas situaciones.

Imaginemos un adolescente (ficticio) con Asperger que a la edad de 15/16 años empieza a tener conductas violentas con su familia.

Un día de otoño o de invierno, presenta una conducta con violencia contra su madre, contra su hermano y contra su padre.

El hermano, refugiado en el salón, en brazos de su padre, se acurruca con la cara llorosa contra el pecho de éste.

-Me da miedo- dice entre sollozos

-¿El qué?- le pregunta el padre con la voz entrecortada.

-Él- respondió, refiriéndose a su hermano.

Entonces el padre, con cara de cansancio y preocupación, dijo:

-No le tengas miedo, – hay que ayudarle.

Hay algo muy destacable en esta escena: El hecho de que alguien a quien se quiera hacer daño (en este caso la propia familia) solo desea lo mejor para ti; esto me ayuda a comprender que, aunque el comportamiento de un hijo, vulnerable por su discapacidad y sobre todo por el entorno, hiciese padecer a un padre el peor de los dolores y sufrimientos, siempre tendría su ayuda. Y eso a mí me consuela ante mi permanente temor al desamparo. Nunca lo estaría mientras hubiera una familia y hubiera amor en ella.

Y ese es el mayor ejemplo y esperanza que he visto en mi vida de la palabra amor. Es muy importante que podamos reforzar la experiencia del amor y del perdón frente a la de la violencia.

En mi vida de cada día mis padres han sido el hogar y el refugio donde encontrar paz y amor durante todos estos años. Ellos son las personas que, con su amor infinito e incondicional, me han dado protección y cariño, hiciera lo que hiciera y me comportara como me comportara. Siento que, por muy mala persona que llegase a ser o mucho dolor psicológico y físico que les hiciese, siempre me querrían y tratarían de ayudarme.

El regresar a casa y encontrarme un lugar donde ser querido y respetado después del colegio es lo que me ha ayudado a seguir con vida y a salvo muchos años.

También cuando necesitaba ayuda en mis estudios universitarios han dado la cara por mí, cuando la ayuda era con un profesor o un compañero han hecho las cosas que la oficina de discapacidad no hacía, al igual que lo hicieron durante los años que estuve en el colegio. Pese a mis crisis, aun sin tener diagnóstico, siempre eran capaces de perdonarme y de incluirme en la familia con todo el cariño del mundo.

Es decir, la familia, a veces, incluso sintiendo ellos también un gran desamparo o no siendo capaces de comprender determinadas conductas, o rebeldías, te perdonan al instante con una caricia y dulzura, a pesar de la tristeza y el dolor de su corazón.

Yo también he tenido mis propios momentos difíciles. Y en ellos siempre he encontrado comprensión y ayuda. Cuento uno en particular: Una tarde gris del mes de marzo, siendo un adolescente, me puse muy nervioso y salí de casa corriendo mientras empezaba a llover en pleno campo y mi padre salió tras de mí muy preocupado y triste, con el coche, pero por ciertas cosas que ocurrieron en el transcurso de esos momentos no nos encontramos. Sí al poco tiempo más tarde, cuando le vi aparcar y bajar del coche sin que advirtiera mi presencia, percibí en sus ojos, bajo la lluvia, su gesto de cansancio e inmensa preocupación, pero, a la vez, que no dejaría nunca de luchar por el amor que sentía por su hijo y que jamás me abandonaría y seguiría siendo yo su máxima preocupación hasta su último aliento. A pesar de que en ese momento no quería verle, noté que nunca me dejaría solo y me seguiría protegiendo y cuidando hasta el fin de su vida.

Quizá en aquel momento yo no fui todo lo consciente que debiera del sufrimiento de mi padre, hoy, sin embargo, incluso tengo momentos de culpabilidad por no haber sabido interpretar adecuadamente esas situaciones, aunque he descubierto que esto es más habitual de lo que uno pueda imaginar, y por supuesto no es exclusivo de los adolescentes con Asperger o autismo, esto es inherente a la adolescencia en muchas situaciones.



Las familias soportan una gran carga de dolor y sufrimiento, pero siempre lo hacen con la ilusión de ayudar y darían absolutamente todo por el bienestar de sus hijos, por eso, a medida que los sentimos mayores y cansados y les empieza a empeorar la salud física, hemos de darles de todo corazón la mayor felicidad del mundo. Ese es mi propósito y eso es lo que deseo transmitir con esas reflexiones.

Quizá no seamos los mejores hijos del mundo, pero somos capaces de empatizar con ellos y como en mi caso, siento su total entrega en ayudarme siempre que estemos juntos, y después de que dejemos de estarlo quizá también.

Quienes pertenecemos al espectro del autismo no somos agresivos por naturaleza, no más que las personas neurotípicas y en mi opinión éstas suelen tener más intencionalidad en su agresividad, es decir, que cuando se dan conductas violentas o agresivas por parte de personas que están en el muy amplio espectro del autismo podemos encontrar muchos detonantes distintos, pero hay uno que será extremadamente difícil de encontrar, y es maldad, propósito consciente de dañar, eso es algo que no se identifica para nada con nosotros.

Los detonantes de esas conductas violentas o agresivas pueden ser muchos, quizá demasiados: Ansiedad motivada, mantenida e incluso aumentada por el entorno; Miedo frente a cosas que no podemos comprender y generan un feedback positivo en la ansiedad y descontrol de la situación, esto hace que en las personas neurotípicas produzca aún más incomprensión hacia nosotros y eso puede producirles miedo y creer que en nuestro comportamiento hay agresividad e intención de agredirles; Cambios que nos cuesta procesar (La adolescencia puede ser muy compleja); Conciencia de nuestra propia diferencia; Acoso de todo tipo; Y una muy larga lista de posibles detonantes.

A veces un malentendido desemboca en una crisis y los neurotípicos pueden reaccionar con ira o miedo, o las dos cosas a la vez.

Todos podemos tener crisis por una situación que nos es incomprensible en el mundo neurotípico y aumentar mucho nuestro estrés, de manera que aquellas personas que estén a nuestro alrededor y no comprendan se puedan poner violentas y empeorar mucho más la situación.

Por supuesto que en condiciones normales nadie querría nunca agredir a su familia o a sus seres queridos, ni a ninguna persona que esté a su alrededor, son situaciones de incomprensión, las que generan la angustia, esa percepción diferente y la falta de comunicación y empatía las que generan las situaciones violentas y a la pérdida de control, el miedo y la ira por ambas partes…así como la indignación.

Siguen existiendo muchos prejuicios hacia quienes estamos en el espectro del autismo, piensan que somos violentos y peligrosos y no se paran a pensar por qué se dan estas situaciones, y por tanto, pueden llevar a pensamientos excluyentes a nivel social.

Mi objetivo en este artículo es hacer reflexionar en que no somos personas agresivas, sino todo lo contrario, y que se puede convivir con nosotros, hacer lazos de amistad y de amor con nosotros.

No somos ángeles, ni seres de luz, ni índigos, pero tampoco somos diablos que agreden a los demás seres humanos, los prejuicios y los estereotipos pueden hacer mucho daño en la conciencia colectiva y convertir a personas de buen corazón en sujetos de discriminación.

Es importante entender qué cosas influyen en esas conductas violentas, ya que conocer esos detonantes nos ayuda, por una parte, a evitar esas situaciones y, por otra parte, a conocer mejor como contender con el día a día.

Si el colegio, o el instituto, se convierte en un lugar donde se genera violencia sostenida hacia el adolescente con Asperger o autismo, esa violencia dejará huella, sí o sí. Si el nivel de exigencia hacia el mismo adolescente supera determinados niveles “soportables” el chico explotará sí o sí. Si la presión del entorno es tal que genera estados de ansiedad perpetua, pues también explotará.

Lo importante es entender que existen factores externos, que impactan directamente en el chico o chica que hacen que esas crisis, que pueden desembocar en actitudes de violencia, se den, pero si reflexionamos en profundidad, veremos que, en muchas de las situaciones aquí referidas, el detonante es el miedo, la ansiedad, …, estados emocionales negativos que persisten en la vida del adolescente.

Ahora háganse la pregunta: ¿Cómo estaría yo si me sometieran de forma permanente a situaciones de ansiedad, miedo, estrés, …? ¿Tendría conductas inadecuadas? A ver si al final comprendemos que no es el autismo en sí lo que conlleva la conducta violenta o agresiva, es cómo el entorno impacta en la persona.


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Una Respuesta

  1. Andone Muñoz

    Nuestro hijo tiene esas crisis cada día, y aunque terminamos perdonandole el dolor físico, que es grande, pesa 100 kilos, y el emocional, que a mi me cuesta también cada vez más perdonarle. Esto es terrible, tu hablas en primera persona, yo hablo como madre. Si le quiero mucho, pero cuanto más grande es el dolor más costoso es el entenderle.

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