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La idea más comúnmente aceptada en la comunidad científica es que el autismo surge de una predisposición genética sobre la que actúan uno o más factores ambientales que actúan como elementos desencadenantes y cuya importancia es que si les podemos identificar y eliminar, o al menos controlar, podríamos reducir considerablemente los casos de autismo. Entre esos posibles factores ambientales sospechosos está la exposición a un patógeno infeccioso, a una bacteria o a un virus.

Virus de la rubeola. Foto: CDC

Tenemos un ejemplo contundente que es la infección de rubeola durante el embarazo. Antes de que dispusiéramos de una vacuna segura y eficaz y fuese ampliamente utilizada, se producían importantes pandemias de rubeola en oleadas cada entre 10 y 30 años.

La última fue entre los años 1963 y 1965 e infectó a un 10% de las mujeres embarazadas en Estados Unidos, con el resultado de que murieron unos 13.000 fetos o recién nacidos, otros 20.000 niños nacieron con graves problemas de nacimiento y entre 10.000 y 30.000 más tuvieron un trastorno del neurodesarrollo de moderado a grave.

Stella Chess, una psiquiatra infantil de la Universidad de Nueva York estudió a 243 niños que habían sido expuestos a la rubeola durante el embarazo y encontró que entre los trastornos del desarrollo lo más frecuente era la discapacidad intelectual, que afectaba al 37% de la muestra. Nueve de esos niños también fueron diagnosticados con autismo; otro, sin discapacidad intelectual, tuvo un posible diagnóstico de autismo y otros ocho con un síndrome parcial de autismo. Aunque la muestra era escasa, estos números significarían una prevalencia de autismo entre los niños infectados de rubeola del 7%, lo que llama la atención si pensamos que en el momento del estudio, los datos de prevalencia del autismo entre la población general estaban entre el 0,02 y el 0,03 %. Afortunadamente las epidemias de rubeola desaparecieron cuando la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubeola) se generalizó y la asociación del autismo con otras infecciones virales y bacterianas, por lo que sabemos actualmente, es mucho más débil que con la rubeola; es decir, no hay una explosión de casos de autismo que vaya unida a una epidemia vírica o bacteriana.

Las campañas de vacunación crean lo que se denomina inmunidad de grupo, evitando la propagación de determinadas enfermedades

¿Es posible no obstante que una infección materna sea causante de un trastorno del espectro del autismo? Las infecciones bacterianas y virales son enormemente frecuentes. No es de extrañar que hasta que tuvimos vacunas y antibióticos, las enfermedades infecciosas fueran la principal causa de muerte a nivel mundial. Durante el embarazo, cerca del 64% de las mujeres tienen al menos una infección. Evidentemente la gran mayoría de estos casos no desarrollan autismo ni ningún otro trastorno del neurodesarrollo.

Aun así, la relación entre autismo e infecciones de la madre se ha analizado en grandes cohortes aprovechando los sistemas nacionales de salud que incluyen a toda la población y tienen excelentes registros, tales como los de los países escandinavos. Uno de estos estudios, estudió todos los niños nacidos en Dinamarca entre 1980 y 2005, comprobando los diagnósticos de TEA y de infecciones de la madre de los registros nacionales. No encontraron una asociación entre entre infecciones maternas bacterianas o virales y diagnóstico de TEA en los hijos atendiendo al conjunto del embarazo, aunque se vio que una infección bacteriana de la madre en el segundo trimestre o un ingreso hospitalario debido a una infección viral durante el primer trimestre se asociaban a un aumento del diagnóstico de TEA. Ello sugiere que una infección viral temprana podría estar entre los elementos desencadenantes de autismo en el hijo.

En un estudio dos años más tarde, el mismo grupo de Atladóttir estudió una cohorte de 96.736 niños con edades entre 8 y 14 años y nacidos entre 1997 y 2003 en Dinamarca. El grupo de investigación encontró muy pocos datos que apoyaran que enfermedades infecciosas comunes o fiebres de más de siete días de duración durante el embarazo aumentaran el riesgo de autismo, aunque señalaron que la gripe doblaba el riesgo de tener un niño con autismo y el uso de algunos antibióticos también incrementaba el riesgo. Esa conexión entre exposición al virus de la gripe durante la vida fetal y mayor riesgo de autismo encaja con una serie de estudios en animales de experimentación que señalan que el virus de la gripe activa el sistema inmune de la madre, lo que puede afectar negativamente al desarrollo cerebral del feto. Aun así, los investigadores daneses dieron poca importancia a sus propios datos, incluso a los que el análisis daba significación estadística, sugiriendo que sus resultados no indicaban que ni las infecciones leves ni el uso de antibióticos supusieron factores de riesgo importantes para el autismo y concluyeron que podían ser resultado del azar.

Estudios similares se han llevado a cabo en California. Uno de ellos, basado en 1.122 niños, no encontró relación entre gripe en la madre y TEA pero sí observó que la presencia de fiebre en la madre aumentaba el riesgo de autismo. Un segundo estudio de 2.482 niños, 407 de ellos con TEA, encontró que las madres de esos niños con TEA no tuvieron más infecciones virales diagnosticadas durante el embarazo que las madres de niños sin TEA. El último estudio, publicado en 2017 por el grupo de Zerbo se ha realizado analizando 200.000 parejas madre-hijo en California. La conclusión es que las madres que tienen una infección gripal no tienen mayor riesgo de tener un hijo con autismo que las que no enferman de gripe. Tampoco tiene efectos la vacunación y los Centros de Control y Prevención de Enfermedades recomiendan que las embarazadas se vacunen.

No obstante, las infecciones bacterianas maternas durante el segundo y tercer trimestre se asociaban a un riesgo doble de sufrir un TEA y haber tenido dos o más infecciones durante el tercer trimestre a un riesgo incluso mayor, lo que de nuevo sugería una conexión entre el autismo y la infecciones más graves durante el embarazo. El estudio más reciente basado en una cohorte de 196.929 niños nacidos entre 2000 y 2010 no encontró ninguna relación entre infección por gripe de la madre o vacunación contra la gripe y aumento del riesgo de sufrir un TEA. Los investigadores también estudiaron otros factores de riesgo como La ventaja de este estudio frente al de 2012 es que en aquel se preguntaba a las madres si habían tenido gripe durante el embarazo pero estos autoinformes no son muy fiables porque la gente puede creer que tiene gripe y no tenerla.

La conclusión es que algunas infecciones durante el embarazo como la rubeola aumentan claramente el riesgo de un TEA. Sin embargo, eliminadas las epidemias de rubeola gracias a la vacunación hay pocas evidencias que sugieran que las enfermedades infecciosas de amplia distribución en la actualidad, como la gripe, tengan un peso significativo en el aumento de los casos de autismo. Los datos actuales sugieren que no hay relación. Queda siempre la duda de si hay una población susceptible donde el efecto combinado de herencia y ambiente («gene by environment effects») sea responsable de que aparezca un TEA. Para elucidar si eso es así, necesitaremos mejores datos combinando epidemiología a gran escala con análisis genómicos detallados que pongan de manifiesto la implicación de esas posibles variantes génicas.

Para leer más:

  • Atladóttir HO, Thorsen P, Østergaard L, Schendel DE, Lemcke S, Abdallah M, Parner ET (2010) Maternal infection requiring hospitalization during pregnancy and autism spectrum disorders. J Autism Dev Disord, 40(12): 1423-1430.
  • Atladóttir HÓ, Henriksen TB, Schendel DE, Parner ET (2012) Autism after infection, febrile episodes, and antibiotic use during pregnancy: an exploratory study. Pediatrics 130(6): 1447-1454.
  • Chess S (1971) Autism in children with congenital rubella. J Autism Child Schizophr 1(1): 33-47.
  • Chess S (1977) Follow-up report on autism in congenital rubella. J Autism Child Schizophr 7(1): 69-81.
  • Collier SA, Rasmussen SA, Feldkamp ML, Honein MA; National Birth Defects Prevention Study (2009) Prevalence of self-reported infection during pregnancy among control mothers in the National Birth Defects Prevention Study. Birth Defects Res A Clin Mol Teratol, 85(3): 193-201.
  • Duszak RS (2009) Congenital rubella syndrome–major review. Optometry 80(1): 36-43.
  • Libbey JE, Sweeten TL, McMahon WM, Fujinami RS (2005) Autistic disorder and viral infections. J Neurovirol 11(1): 1-10.
  • Zerbo O, Qian Y, Yoshida C, Fireman BH, Klein NP, Croen LA (2017) Association Between Influenza Infection and Vaccination During Pregnancy and Risk of Autism Spectrum Disorder. JAMA Pediatr 171(1):e163609.

Puedes seguirme en twitter en @jralonso3 Autismo, divulgación científica, poesía,…

Esta y otras más informaciones de gran interés podéis leerlas en mi blog personal UniDiversidad. Observaciones y pensamientos.


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Sobre El Autor

Doctor por la Universidad de Salamanca. Catedrático de Biología Celular y Director del Laboratorio de Plasticidad neuronal y Neurorreparación del Instituto de Neurociencias de Castilla y León. Ha sido investigador posdoctoral y profesor visitante en la Universidad de Frankfurt (Alemania), la Universidad de Kiel (Alemania), la Universidad de California-Davis (USA) y el Salk Institute for Biological Studies (San Diego, USA). Conferenciante invitado en universidades de España, Alemania, Suecia, Dinamarca, Colombia, Turquía y Estados Unidos. Director de de 15 Tesis Doctorales, 10 de ellas Premio Extraordinario de Doctorado. Ha publicado 9 libros, 28 capítulos de libro y 133 artículos científicos en las principales revistas internacionales de su especialidad. Escribe frecuentemente sobre divulgación científica y el mundo universitario en prensa española (El País, ABC, El Mundo, Expansión,…).
http://jralonso.es/

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