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Cuando era chiquita me metieron dentro de un molde de “niña corriente”. No era de mi talla y me quedaba incómodo, pero me dijeron que ya aprendería a usarlo y me acostumbraría a él.

Pasaron los años, el molde me comprimía y no me dejaba respirar. Yo insistía en que me hacía sentir mal. Me llevaron a especialistas en especialidades, y a profesionales en profesiones: todos me examinaron; me pusieron cables para ver si algo andaba mal, y por unanimidad llegaron a la conclusión de que lo mío era sólo una «llamada de atención».

Entonces fue cuando aprendí a ahogarme silenciosamente.

Crecí y el molde me apretaba más y más. Terminé olvidándome de su existencia, creyendo que «él» era «yo». Necesitaba pastillas para respirar, comprimidos para soñar y píldoras para vivir.

Hasta que un día llegó mi hijo, que con su pensamiento de pájaros y su energía de sol se libró de cada molde que se atravesara en su camino. Creció libre y auténtico, y me señaló el molde en el que yo vivía desde hacía tanto tiempo.

Al principio dudé: ¿Era posible haber vivido toda una vida dentro de un molde que no era parte de mí, al punto de olvidar su existencia? Tenía sentido, pero, después de todo, si «yo» no era «él», ¿entonces quien era? Tal vez ya no existiera nada de mí misma dentro de ese molde.

Busqué la traba, la toqué suavemente con mis dedos y dudé en abrirla. Finalmente la abrí y salí de mi molde. La libertad era una sensación desconocida y desconcertante.

Tuve que empezar a aprender a ser yo misma, todavía lo estoy intentando, después de todo es una vida entera sin saber de mí.

Hoy me permito pasar casi todo el día fuera del molde, aunque a veces me toca ponérmelo para salir a la sociedad. Porque, así como para ciertos eventos está pre-establecido que hay que vestir de manera elegante, para salir a la sociedad está pre-establecido que cada uno debe vestir su molde.

Supongo que, en mayor o menor medida, todos cargamos con nuestro molde. A algunos les queda más cómodo, estará hecho a su medida o tal vez ellos son más amoldables. Otros no encontramos la manera de vivir dentro de él sin marchitarnos.

Y algunos tenemos la suerte de que llegue alguien a nuestras vidas, y con su pensamiento de pájaros y su energía de sol, nos enseñe la libertad de vivir siendo auténticos.


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Sobre El Autor

Analia Infante

Escritora y madre de un niño con una Condición del Espectro del Autismo, que no sólo me ha enseñado a ser su madre, sino que además me ha llevado a mi propio diagnóstico: Asperger. Intento trasmitir mis vivencias de modo sencillo y sin tantos violines de fondo. Soy una convencida de que para comprender el Autismo desde adentro es necesario, o más bien urgente, comenzar a escuchar las voces de las propias personas implicadas. La Plata, Buenos Aires, Argentina. Pueden encontrarme en Facebook: Maternidad Atípica www.facebook.com/maternidad.atipica O en mi blog: https://maternidadatipica.wordpress.com/ También estoy en Twitter: @Maternidatipica

2 Respuestas

  1. Manuel

    Muchas gracias por compartir, constantemente me estoy poniendo moldes, a veces pienso que ya me “amoldé” a los demás y es cuando necesito estar solo y libre. Aprendiendo a ser y estar . Todo un desafío.

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