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Mary y Max: Quiérete primero a ti mismo

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Definiría «Mary y Max», simplemente, como una película de aceptación y amor. A pesar de estar basada en una historia real sucedida en torno a 1976, situada a caballo entre Australia y Nueva York, la protagonizan unos seres animados quienes hacen que se convierta en un largometraje divertido, gracioso y entretenido, a la par que en algunos momentos se torna algo triste. Concurre sin diálogos directos, es decir, siempre es el narrador quién cuenta la historia de lo que va aconteciéndose en una hora y media de duración. Quizá, mi única crítica constructiva, vendría dada por la sustitución de ciertas palabras, tal y como «desórdenes mentales» o «deficiente mental», que se usan en determinadas escenas y que, aunque concuerdan bien con las emociones y sentimientos de los personajes también teniendo en cuenta el año en que se desarrolla la trama, considero que no se adaptan en su totalidad al contexto de inclusión que se intenta proporcionar como enseñanza final.

Por un lado, en Australia, encontramos a Mary, una niña de apenas unos 9 años, que se definía a ella misma según una peculiar mancha en la frente, que, por cierto, no le gustaba nada. Su padre trabajaba en una fábrica de bolsas de té, mientras que su madre, ama de casa, se pasaba el día cocinando mientras escuchaba la radio y bebía Jerez. Mary se encontraba algo desilusionada porque ninguno de ellos pasaba el suficiente tiempo junto ella, por lo que deseaba encontrar fervientemente un amigo con quién poder compartir las experiencias de la vida, ya que muchas cosas le confundían. Básicamente le preocupaban sus problemas en el colegio, ya que sus compañeros se metían mucho con ella. Siempre que eso sucedía acababa en su lugar secreto, en el que se sentía segura y confiada, debido a lo que entendía, en cierto modo, la sensación que podía tener Max frente al mundo social. A Mary le gustaba mucho ver una serie de dibujos, titulada «Los Noblets», por lo que sus juguetes, que fabricaba ella misma, eran figuritas que representaban a los héroes de dicho programa. Le encantaba comer leche condensada y chocolate mientras veía «Los Noblets». Tenía un gallo como mascota, cuyo nombre era Ethel.

Por otro lado, a miles de kilómetros de Mary, en Nueva York, vivía Max quien superaba con creces la temprana edad de la niña, ya que tenía 44 años. A él también le gustaban «Los Noblets» y coleccionaba las figuras de sus personajes, pero las originales. Adoraba el chocolate, pero en forma de sustitución a la salchicha en un perrito caliente, y nunca había probado la leche condensada. Tenía como mascota un pez, a quién siempre nombraba como Henry sumado al número romano que correspondiese, ya que tenía que sustituirlo a menudo por uno nuevo porque todos solían morir en extrañas circunstancias. Las repentinas muertes de los animalillos le desorientaban. Añoraba tener amigos, como le pasaba a Mary, pues debido a su condición de Aspie le costaba un poco relacionarse cara a cara con los demás. Era muy sensible a la influencia de los números, y su rutina giraba en torno a ciertas obsesiones como la ropa, pues todo su armario se compone de las mismas prendas, y la lotería, cuyos idénticos dígitos llevaba jugando durante 9 años. A lo largo de su vida había tenido múltiples trabajos, todos ellos diferentes entre sí. Aunque le gustaba cocinar e inventar nuevas recetas, ya que su dieta no estaba compuesta por un menú muy variado debido en parte a su inflexibilidad ante la humanidad, estaba constantemente pendiente de su peso. Para solucionar lo anterior, y otros numerosos problemas, iba a sesiones grupales además de a un psiquiatra individual, aunque ninguna de las anteriores era de su agrado. A veces, como a Mary, le confunde la gente, no entiende el incumplimiento de las leyes, las mentiras, el ruido y las multitudes. Por eso, desearía vivir en la Luna.

La casualidad en las decisiones a las que nos vemos abocados habitualmente, hace que muchas veces nos topemos con lo adecuado. Mary encontró el teléfono de Max en una guía de teléfonos al azar y decidió escribirle su primera carta. En los escritos de ambos, siempre unidos a fotos y objetos personales de cada uno, compartían actividades, gustos y problemas. Se ayudaban mutuamente, aunque en la lejanía y tan solo mediante palabras, pero que para ambos suponían un tremendo apoyo. Un apoyo en su justa medida, ya que a Max las líneas trazadas por Mary le solían causar inquietud hasta el extremo de tener que ser ingresado, en alguna ocasión. Le producían ansiedad por su dificultad para expresar y comprender ciertos sentimientos asociados a recuerdos poco atractivos que habían sucedido en su infancia al leer las noticias que traía su querida amiga. Cuando algo le provocaba angustia, Max comenzaba a comer de forma descontrolada, por lo que la totalidad del problema se convertía en un círculo vicioso imposible de detener.

Ambos poseían una imaginación desbordante que plasman en el papel y, a pesar de la diferencia de edad, las soluciones que se dan uno al otro acerca de sus problemas ayudan a tomarse la vida con filosofía y humor. Su amistad fluctuaba enormemente debido a los contrariedades que sucedían en su rutina y sus personalidades fuertes tan marcadas por un carácter particular. Por un lado, debido al ingreso de Max y otras cosas que sucedieron en su existencia en un período bastante breve de tiempo, éste dejó de enviar cartas a Mary, que estaba triste y queriendo olvidar el trato y el cariño que había desarrollado por el primero. En el fondo se echaban mucho en falta uno al otro porque habían conectado desde el primer momento, y la costumbre de leer la correspondencia semana tras semana había conseguido evocar un apego y una dependencia mutua. Por otro lado, el interés de Mary más por el trastorno de Max que, quizá, por él como persona, hizo que aún se desestabilizara más la unión que hasta el momento habían alcanzado. Max entendía, en su limitado conocimiento pero gran experiencia, que no se puede querer arreglar los defectos de la gente, que cada uno es como es y hay que quererlo y aceptarlo como tal. Mary estudió en la Universidad y se especializó en temas tan cercanos como los Trastornos Generalizados del Desarrollo. Escribió un libro en referencia a sus estudios y triunfó en muchos, muchos ámbitos. Pero, a veces, la avaricia rompe el saco, y el deseo material supera el humano. Max no se sintió cómodo con la investigación y transformación que Mary había sufrido, por lo que de nuevo sus mensajes dejan de llegar al buzón de su compañera. Pero, por suerte, la vida quiere que este vínculo no acabe aquí, por lo que al cabo de un año Mary decide ir a visitar a su amigo Max. Aunque emotivo, el final es indudablemente feliz.

Quiero remarcar, de un modo meramente anecdótico, que todos los personajes que aparecen en la película están descritos tanto con sus defectos como por con virtudes, por lo que ninguno queda como alguien extraño a la hora de presentarlo delante de los demás, ni siquiera ante el propio espectador. En especial, posiblemente, hay que hacer referencia a Max, quién aparece como diagnosticado con Síndrome de Asperger (S.A o Aspie de aquí en adelante), que es en quien pretendo centrar el artículo. Algunos por aficiones raras como disecar pájaros encontrados previamente en el asfalto, otros por alcohólicos y cleptómanos, hay también agorafóbicos o tartamudos. A la hora de hablar, por tanto, del Síndrome de Asperger lo hace de una forma cercana, normalizada, incluso llegando al extremo de entenderlo como una condición deseable. Max, personaje a quién le corresponde tal misión, piensa que ser Aspie es parte de su persona, y curarlo y hacerlo desaparecer sería como cambiar el color de sus ojos. No le falta parte de razón, y por ello debemos tener en cuenta que, al igual que a nosotros nos puede parecer diferente una persona con S.A a ellos les parecemos distintos e ilógicos nosotros. El principal contenido positivo que obtengo de esta película, es que tenemos que querernos por lo que somos, por lo que tenemos, ya sea bueno o malo, estar orgullosos de nosotros mismos. Todos los humanos, como reza Max en la última carta, somos imperfectos y por eso nos queremos los unos a los otros. Tenemos que aprender a convivir con nuestro yo, porque de él vamos a estar acompañados toda la vida. El otro saber explícito que aparece en la película es, en su final, que la familia no podemos elegirla y también tenemos que aprender a aceptarla, pero los amigos sí y a ellos hay que cuidarlos.

«Las vidas de todos, son como una larga acera. Algunas están pavimentadas. Otras, como la mía, tiene grietas, cáscaras de plátano y colillas. Tu acera es cómo la mía pero probablemente con menos grietas. Ojalá algún día nuestra aceras se encuentren y podamos compartir una lata de leche condensada» (De Max a Mary).

Trailer oficial de la película (En inglés)


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3 Respuestas

  1. Avatar
    Psic. Liliana

    Me pareció una sensacional película que nos invita a encontrarnos con nosotros mismos, y a aceptarnos tal cual somos: imperfectos. Pero al fin, seres capaces de amarnos, y de amar a los demás.

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