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Nuevas miradas sobre el autismo

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Muchos factores se han estudiado para determinar las causas del autismo, pero aún no se llega a una conclusión definitiva.

La teoría que culpaba a ciertos preservativos de las vacunas para algunos casos quedó descartada, y estudios recientes se enfocan en problemas en el desarrollo del cerebro y en la influencia de ciertos genes.

Mientras tanto, el número de casos de la enfermedad sigue en ascenso.

Las estadísticas indican que aproximadamente uno de cada 110 niños en Estados Unidos sufre algún tipo de desorden relacionado con el espectro del autismo. La incidencia de la enfermedad es mayor en los niños (uno en 70) que en las niñas.

“La teoría [que sospechaba] del preservativo timerosal en las vacunas queda descartada, hay muchas investigaciones que no la apoyan, no hay evidencias”, destaca la doctora Aletta Sinoff, especialista en Patología del Lenguaje y Desórdenes del Comportamiento y la Comunicación, quien es la directora del Autism Center, ubicado en el Cleveland Clinic Children’s Hospital, en Ohio.

En un intento por conocer más sobre la enfermedad, uno de sus colegas, el doctor Thomas Frazier, del Cleveland Clinic’s Center for Pediatric Behavioral Health, recurrió a la tecnología del MRI para observar el cerebro.

“El análisis se basó en una comparación de amplios estudios sobre el funcionamiento del cerebro”, observa Sinoff.

Frazier dio a conocer los resultados del estudio, a comienzos de marzo, en el cual observa que el autismo podría estar relacionado con el tamaño del cuerpo calloso en el cerebro.

El cuerpo calloso es un haz de fibras nerviosas cuya función es servir como vía de comunicación entre los dos hemisferios cerebrales.

Según se publicó en el estudio, si el cuerpo calloso no alcanza su tamaño normal, los dos lados del cerebro no se comunican bien y las neuronas no se pueden desarrollar. De ahí la posibilidad de que las personas afectadas por el desorden no puedan procesar de manera adecuada la parte emocional y la social.



“Por otra parte, están los estudios que conducen a la posibilidad de un problema poligenético; es decir, de numerosos genes involucrados en el desarrollo de la enfermedad, pero aún falta un largo camino por recorrer”, explica Sinoff.

DETECTAR CUANTO ANTES

Mientras avanzan los estudios, se trabaja en nuevas formas de proporcionar a los afectados las posibilidades de un mejor manejo de la enfermedad, mayor participación y desarrollo en actividades de la vida diaria, así como en el manejo del aspecto social.

Para empezar, la American Academy of Pediatrics (AAP) recomienda a los pediatras, durante las consultas de rutina, descartar en los niños síntomas de autismo tan temprano como de los 18 a los 24 meses de edad.

“Entre más pronto se identifique la enfermedad, más pronto se puede empezar a intervenir y con mejores resultados”, sostiene Sinoff.

El autismo debería ser detectado antes de los tres años. No obstante, hay casos en los que se ha diagnosticado de manera tardía, entre los ocho y los 19 años.

“Son personas con un autismo menos severo, por lo que es más difícil el diagnóstico, pero ellas saben que hay `algo extraño’ en su comportamiento, aunque no pueden identificar qué es”, explica.

Entre las cosas “extrañas” que pueden experimentar, Sinoff menciona la dificultad para hacer amigos, para tener una conversación o para entender y expresar emociones.

CADA CASO ES DISTINTO

El Cleveland Clinic’s Center for Autism se especializa, desde el 2000, en las diferentes formas de sobrepasar esas barreras y ofrece servicios de diagnóstico y entrenamiento a la familia, así como a personal de las escuelas y las agencias comunitarias.

Hace dos años, además, abrió el Lerner School of Cleveland Clinic Children’s Hospital, una escuela de 24,000 pies cuadrados diseñada especialmente para educar individuos con autismo, desde edades tempranas hasta mayores de 22 años.

“Cada niño se trata de manera diferente, así sea leve o severo su caso”, comenta Sinoff.

La escuela dicta clases todo el año y, según refiere la especialista, algunas familias se mudan por uno o dos años a Cleveland para que sus hijos puedan recibir educación en la escuela, para luego regresar a sus ciudades de origen.

También existe la posibilidad de asistir a programas de verano de aproximadamente tres semanas.

“Igualmente, contamos con un programa que permite que nuestros especialistas viajen a otras ciudades –incluso a otros países– a enseñar a las familias cómo trabajar diferentes aspectos de la enfermedad con sus hijos en casa”, informa.

Entre los países adonde han viajado sus especialistas están Ecuador, Egipto y España.

“En especial viajan especialistas en comportamiento”, agrega, indicando que ese programa tiene un costo que sirve para cubrir la estadía del especialista y sus servicios. •

Más información sobre los seminarios sobre autismo aquí

Por Ivonne Gómez

igomez@elnuevoherald.com


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